El que acepta la tarea de enseñar y no la desempeña eficazmente, causa un daño irreparable a la sociedad que le confía su porvenir. El maestro debe desenvolver en sus alumnos todas las aptitudes, pues ellas serán más tarde capacidades convergentes al bienestar de su pueblo. La mayor eficacia del maestro no se obtiene recargándole el trabajo, sino exigiéndole más amor a sus deberes; la ventaja no está en que un hombre enseñe durante muchas horas, sino que enseñe con gusto y bien durante pocas.
Cuando el magisterio se emancipe de las influencias políticas y de los torniquetes burocráticos, tendrá la libertad de iniciativa hasta ahora desconocida. Conforme a los resultados de su experiencia, cada maestro podrá ensayar nuevos métodos que perfeccionen el arte de enseñar. Los inspectores educativos no tendrán la misión de abrumarlos con reglamentos ni formularios que entorpezcan su labor, sino la de coordinar las ideas que todos recojan en la experiencia para aplicarlas en la mayor extensión posible.
Libres de toda imposición dogmática, los maestros enseñarán a pesar más bien que a repetir, a crear más bien que a copiar. Nada los obligará a enseñar lo que no crean. Es envilecedora la tarea de predicar principios o doctrinas que se reconocen falsos, por temor a las consecuencias de la verdad.
Antes que ser obsecuentes con las muertas rutinas del pasado, los maestros sugerirán ideales vivos para el porvenir. Nadie educa a sus padres y a sus abuelos, sino a sus hijos y a sus nietos. Es necesario pensar que cada generación necesita adaptarse a condiciones nuevas del medio social. Educar es desenvolver la capacidad para trabajar y el derecho a la vida presupone el deber del trabajo. Al entrabrir las inteligencias y adiestrar las manos debe preverse que ellas pensarán y trabajarán en un ambiente moral donde se irán atenuando las injusticias y los privilegios.
José Ingegnieros
LAS FUERZAS MORALES
1982
Bien, ideologia moralista de Ingenieros
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